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Martes, 01 Julio 2014 20:43

El Rastro (1)

Escrito por

Un texto para: Qué azul que es ese mar // dirigida por: Eleonora Comelli

Algunas veces logro percibir el paso del tiempo sobre mi cuerpo. No llego aun a los treinta, no tengo canas, sí algunas arrugas alrededor de los ojos, en la frente y marcas a los costados de las piernas. Más o menos panza según la época, una aparentemente inmóvil cantidad de estrías y algunas lastimaduras. Sí me doy cuenta de que hay movimientos o posturas que me cuestan más que antes, que algunas cosas ya no me gustan y que adoro secretamente otras que no soportaba. Me volví más dura por fuera y más blanda y dulce por dentro. Percibo con mayor facilidad las transformaciones adentro mío que afuera.

En el hombre que amo el paso del tiempo dejó otras marcas. Varias líneas surcan su rostro, destacando cada parte del mismo, enmarcando sus ojos hinchados y enrojecidos, delineando sus labios, dibujando su mentón y todos los límites de su cara. Ojos, nariz, boca, mentón, pómulos, frente, todos parecen estar grabados con un escoplo sobre su piel, fijados e inmortalizados en esa superficie que me hace reconocerlo como mi amado, diferenciarlo del resto y que lo constituye como único e inconfundible.

Cada marca sobre su cuerpo es un signo del misterio que lo envuelve. Cada línea se formó lentamente y en mi ausencia, porque lo hizo progresivamente, a lo largo de los años. Pude darme cuenta de lo que cambió en nosotros por dentro, pero sobre su apariencia, como sobre la mía, tuve otra conciencia, más intermitente, más despreocupada. De a poco algunos músculos se tensaron, otros se distendieron y los tejidos se ablandaron. Cada huella me muestra el efecto particular del tiempo sobre él, su relación con los años. "Enamorarse es individualizar a alguien por los signos que lleva o que emite" (2). Algo de lo que me hace desearlo es querer descifrar esas marcas contradictorias, confundirlas con las mías y aislarlo de los demás y del tiempo.

En escena, como en el amor, a veces ocurre algo parecido. Las marcas del paso del tiempo otorgan un peso único a la presencia de Stella Maris Isoldi y Roberto Dimitrievich en Qué azul es ese mar, de Eleonora Comelli. Revelan, como cuando amamos a alguien, mundos desconocidos que tenemos que interpretar. Añaden a su actuación un desciframiento suplementario, multiplican los signos, imponen la densidad de lo vivido. Entre esos signos, los del amor y los del tiempo, se mueve Qué azul es ese mar.

Un cortometraje, Crucero, de Pablo Pintor, muestra cómo una pareja argentina atraviesa la segunda mitad del siglo XX viajando despreocupadamente en grandes embarcaciones. Luego de su proyección, cuatro bailarines interpretan a esos dos personajes, Héctor y Ana, en distintos momentos de su vida. La mirada de Roberto esconde la silenciosa y lenta formación en Héctor del desprecio por su mujer y del desgaste de la relación que se escurre en abrazos resbaladizos, como si el recuerdo de Ana interpretado por Laura Figueiras no se dejase atrapar. La luz de Stella Maris, en cambio, la lentitud de sus movimientos y su intensidad, muestran la persistencia de la misma mujer y su entrega al amor. Ella se lanza sobre él y sobre la arena y se besan girando por el espacio. Él, es Héctor, el joven, Matías Etcheverry, que se funde con una Ana mayor en el vaivén de este mar que es el tiempo y la memoria.

El espacio del Teatro del Abasto constituye esa tierra familiar y a la vez oculta, ajena que es la memoria; inmensa playa gris de cemento que se va inundando de emoción durante la obra. A través de un fondo traslúcido que deja pasar algunas de las luces del atardecer y del recuerdo, los personajes se mueven en ella envueltos por el agua, el curso de la vida y lo inaccesible del tiempo pasado. Gilles Deleuze explica, interpretando la relación que el protagonista de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust tiene con las mujeres que ama, que ellas están ligadas a paisajes que "conocemos lo suficiente como para desear que se reflejen en los ojos de una mujer, pero que se reflejan entonces desde un punto de vista tan misterioso que son para nosotros como países inaccesibles, desconocidos" (3). En Qué azul es ese mar lo singular y lo desconocido no se producen por la multiplicidad de los amores pasados, de las distintas mujeres y sus distintos paisajes, sino por la duplicación en escena de la misma y eterna mujer que parece habitar un paisaje, que a lo largo de los viajes sigue siendo el mismo. Tal como lo muestra el cortometraje inicial: mar azul, palmeras, un bar en un quincho sobre el agua, un hotel de infinitos pisos, artificios de una vida con pizza y champán que ve envejecer a sus protagonistas y no a su contexto, inmutable. Que siga la joda que ya otros vendrán.

Qué azul es ese mar es un viaje por la construcción de un paisaje en escena, por la transformación del amor en una pareja y la del cuerpo humano en el tiempo. Mientras todo en la vida pasa, hasta los recuerdos, como escribía otro poeta francés "los días se van / yo me quedo" (4).

 

Este comentario fue construido a partir de la función vista el día 8 de julio de 2014 en el Teatro del Abasto. La fotografía que lo acompaña se titula Naksan #4270 y es del artista coreano Boomoon. 2010. Todos los derechos reservados.

 

Ficha Técnica:  Idea:Eleonora Comelli | Intérpretes: Roberto Dimitrievich, Matías Etcheverry, Laura Figueiras, Stella Maris Isoldi | Escenografía: Paula Molina |Iluminación: Ricardo Sica|  Diseño sonoro: Ulises Conti|  Realización de video: Pablo Pintor | Música original: Ulises Conti| Prensa: Debora Lachter | Producción general: Eleonora Comelli | Dirección:Eleonora Comelli 

 

NOTAS:

(1) Título del mónologo de Analía Couceyro dirigido por Alejandro Tantanián, basado en la novela de Margo Glantz que lleva el mismo nombre. Sábados 18h - El extranjero teatro.

(2) Proust y los signos (Proust et les signes), Gilles Deleuze. Presses Universitaires de France. 1964. Paris.

(3) id.

 

(4) "El puente Mirabeau" ("Le pont Mirabeau"), in Alcools (Alcoholes). Guillaume Apollinaire. Gallimard. 1920. Paris.

Aime Pansera

Mi pasión por el teatro y una beca francesa me llevaron a licenciarme en Estudios teatrales en la Sorbonne Nouvelle y a realizar maestrías de investigación en la misma disciplina y facultad. Allí me acerqué a la danza, y fue en Barcelona donde tuve mis primeras experiencias profesionales y en la investigación escénica escribiendo y dirigiendo proyectos de teatro y movimiento. De vuelta en Buenos Aires, me especialicé en la formación de espectadores y en el desarrollo de nuevos públicos para teatro y danza. Trabajo en el ámbito de las artes y la educación y curso la maestría en Sociología de la Cultura en la Universidad de San Martín.

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