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En el ámbito de la ficción hallamos esa multitud de vidas que necesitamos. Morimos identificados con un héroe, pero le sobrevivimos y estamos prontos a morir una segunda vez con otro, igualmente incólumes.

Freud, 1916 

 

Antes de entrar a ver Heroniña, en el lobby de la Sala Solidaridad, como es habitual, hay una muestra pictórica. 

No me seduce.

Después de verla, leo la reseña.

“Fioravanti produce piezas en diálogo con sus trabajos Dinamogramas de los años 60 y 70, que sostenían un clamor hermético y solapado sobre las formas del decir en resistencia al oscuro contexto de la dictadura.” 

Y aclaran que trabajó con tres letras M (masera) V (videla) A (agosti).  

No pude evitar pensar que sin ese texto nada de la materialidad de los objetos me hubiese remitido al modo personal en que el autor se relaciona con la dictadura y que tampoco me era posible ver el trabajo sobre esas letras. ¿Entonces cuál es el punto donde el arte invita a la casa del otro sin dejarnos afuera?

Decido no leer la reseña de Heroniña, es algo que se me está haciendo hábito, me siento sólo con el título. 

Ya dentro de la sala, afuera queda Fioravanti.  

No hay una sola verdad, pero en los elementos que el artista elige, algo se condensa, algo deja pistas y con suerte algo se conmueve de la propia historia. No es una narrativa lineal, es un proceso que deja a la vista ciertas huellas.

 

Un palo con la punta afilada sostenido por dos pies de micrófono,

estaca, lanza, daga, jabalina, es un objeto que pincha,

que podría atravesarte,

herirte, matarte.

Muerte.

 

El palo afilado es largo, marca una línea recta en el espacio, el espacio se ordena en relación a él. Nunca desaparece. Cae pero no desaparece. La luz recorta líneas rectas en el suelo: nada es redondo. El movimiento tampoco. Rígido. Límites precisos definidos.

¿No es acaso la muerte el último límite, el más severo?  

Una capa sin rostro. Negra.

La boca, sus cavidades, un agujero que se trata de llenar, que se explora. 

¿No es acaso la muerte uno de esos huecos que no podemos explicar?  

Movimientos precisos, controlados, dirigidos en un cuerpo blando, casi como en un cuadro la pincelada justa y mecánica. 

Una capa, unos zapatos, una danza en un pasillo de luz.

Música.

Alguna versión de lo femenino.

Enterrados bajo una cruz hecha por los pies de micrófonos que sostenían aquel palo afilado que ha caído luego del empuje de un cuerpo que en el pecho lo aloja casi como una provocación. ¿Quién atravesará a quién? 

Caídas. Una columna que se derrumba. Que no espirala. Un cuerpo que pierde su potencia. Se reconstituye lo poco que puede. Vuelve a caer.

Lo que cae me hace pensar en el duelo.

Se pregunta Freud en Duelo y melancolía, ¿en qué consiste el trabajo que el duelo opera? Responde que el examen de la realidad, ha mostrado que el objeto amado ya no existe más y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto.

Una vez terminada la obra leo la reseña y el material visto y oído se hace más intenso, recobra el sentido particular de la artista. El texto de la obra leído al final me funciona como una coda.

Lacan dice que interpretar el arte fue algo que Freud siempre descartó, ya que el psicoanálisis del arte es una noción delirante. Entonces, ¿cómo leer un trabajo que tiene algo autobiográfico sin caer en la trampa de reducirlo a sólo una lectura posible?

Pienso que eso se sortea con la ayuda de la artista, su deseo de invitarte a la casa y ser honesta con su modo de vida. Hacer una obra que hable a través de los elementos, materiales, calidades y texturas  que aparecen en la escena. La artista trabaja elementos estructurales de lo subjetivo y lo cultural. La madre y la muerte. Y sin necesidad de la reseña el texto se transmite.

La madre y la muerte en la cadena se sustituyen. 

Adentro o afuera. Adentro y afuera. 

Escribe Fabiana: 

“Olí mucho a mi madre antes de partir, la olí para tragarme su olor y tenerla para siempre dentro mío

Busco instintivamente ése olor que ya no existe

Me auto anestesio”

El poco texto de la obra que recuerdo vagamente sale de la música “bailaré yo contigo aunque no esté contigo”. Ella recostada en posición fetal sobre el palo caído.  

¿Quizás sea sólo mi recuerdo?

Más allá de la historia de la artista, nos abre a pensar algo sobre los duelos en general, como experiencia íntima y corporal de una pérdida. Pequeñas muertes a las que sobrevivimos. Los duelos no sólo ante la muerte física, objetos éxtimos. Objetos que nos nombran, con los que nos identificamos, que nos definen y nos sostienen de algún modo en este mundo.

¿Cuando estos caen, qué hacemos?

En principio lo que podemos, ni más ni menos.

¿Los movemos? ¿Los tratamos de reubicar?

                                                                                  ¿Los sostenemos de pie?

                       ¿Los llevamos a la boca? 

¿Tratamos de trasladarlos?        ¿Morimos un poco con ellos?

Y si tenemos mucha suerte podemos bailar.

 

Comentario para HERONIÑA de Fabiana Capriotti. Función 24 de mayo de 2018. Centro Cultural de la Cooperación.

 

Origen y dirección general: Fabiana Capriotti | Directores asociados: Carlos Casella, Marina Giancaspro y Lucia Disalvo | Intérprete:  Fabiana Capriotti | Espacio y luz:  Matías Sendón | Asistente de dirección: Alina Marinelli | Vestuario (capa de heroína) Vicki Otero | Diseño gráfico: Pablo Cabrera

 

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