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Jueves, 13 Junio 2019 11:33

Muevo luego existo.

Mi dramaturgia nace a partir de mi relación con la realidad, ese es el germen responsable de mis materiales. La realidad que me rodea es la primera en “empujar” y en ese empuje encuentro una idea fundacional. A partir de ese momento todo lo que pienso es movimiento.

Pienso y construyo desde el movimiento. Cuando me encuentro con una idea lo primero que pasa por mi cabeza es cómo se moverá espacialmente y cómo el espacio se constituirá a partir de ese mover…”Moveo, ergo sum”.

Pienso en lo que muevo, y eso que muevo son formas. Esas formas con las cuales trabajo, son personas.

Trabajo con cuerpos, con formas de percibir, de interpretar y eso es un punto fuerte a la hora de empezar a construir en comunidad, palabra que me remite a lo primitivo. Opto por COMUNIDAD DE ARTISTAS. El teatro tiene que conservar su esencia primitiva, ser ritual ante todo. Se sabe que el teatro no nació de las entrañas de la literatura, sino de las fiestas populares.

Cuando convoco artistas para conformar la Comunidad, pienso en movimiento: Construiremos con acrobacia? Con danza? Con actuación? Con los tres lenguajes juntos y utilizaremos esa palabra tan horrible y afamada, Entrecruce? Existe alguna diferencia entre los tres? Entre tanta pregunta elijo el movimiento.

Los artistas convocados me interesan por su particularidad al moverse y por su interpretación de la realidad. Vuelco la “pulsión” sobre la mesa y comenzamos a trabajar de modo horizontal, los ensayos son un ida y vuelta de ideas entre ellos y yo, no me interesa que representen mis ideas solamente, sino también hacer aparecer, a partir de la "pulsión", las que poseen ellos y que aún no han sido descubiertas. Generalmente me agradan mas las de ellos que las mías. 

En los ensayos no suelo hablar mucho. La dinámica de mi dirección se da así, es una postura ideológica a nivel artístico. Una manera de obligarnos a entender lo que hacemos desde otro lugar. A veces se vuelve complejo, lo admito, los artistas me miran y me demandan explicaciones verbales y solo en ese momento se le da lugar a la palabra (que no se mal interprete, no se trata de generar un ensayo mudo sino de darle el lugar correspondiente). En mis obras la palabra toma el rol completamente secundario y a veces no necesito utilizarla, me interesan más los sonidos generados por la voz en movimiento y su contenido místico. La voz es cuerpo y como todo cuerpo escénico, se mueve.

La estructura de trabajo la diagramo en un mapa temporal, con una fecha límite y dos instancias: una experimental y otra de montaje. En la primera instancia busco la forma y contenido del movimiento. Con qué intenciones físicas y por qué no, místicas (no dejemos de ser chamanes y pasemos a ser científicos, considero que eso sería un gravísimo error como artistas escénicos) construiremos lenguaje. Los ensayos en esta etapa comienzan con una preparación física que coordino y a la vez participo, me sirve no solo para introducir a los artistas en el tono adecuado, sino también para estarlo yo con ellos. La preparación en mi trabajo es casi tan importante como el espacio que le doy a la parte creativa. Ecualizamos nuestros cuerpos con ejercicios de elongación, fuerza y movilidad hasta lograr el tono deseado: un principio de desgaste psicomotriz (mas adelante explicaré por qué me interesa lograr ese tono). Automáticamente, sin mates de por medio, pasamos al momento creativo, sin una clara división entre la preparación y este momento. 

Bajo algunas pautas de movimiento a modo de guía, el artista libremente comienza a buscar en su movimiento y en su registro perceptivo, el cómo va a dialogar con sus compañeros y con el espectador. No me interesa imponerle lo que tiene que hacer,  me parece un error como director caer en la marcación arcaica y digna de un jefe, “movete así, parate allá, decilo así”. No hay jefes, ni subordinados, hay artistas con diferentes roles. Nos movemos juntos.

En este contexto corpóreo empezaremos a darle forma al espacio. En la construcción del espacio o “mundo”, descubrimos la música o el concepto sonoro, los primeros indicios de vestuario, escenográficos y lumínicos. Cabe aclarar que estos elementos característicos de la puesta siempre se trabajan desde el comienzo (una vez en claro el cómo movernos), nada viene pre-armado, todo parte de la “pulsión” y en comunidad.

La segunda instancia tiene como objetivo cerrar el trabajo, limpiarlo y sintetizarlo. La etapa de síntesis lleva un tiempo importante del proceso, es el momento de corrección y también de análisis. No me gusta que haya elementos de más que oficien de mentira, para mí mentir en teatro es eso, poner o dejar cosas de más, que operen como camuflaje. En mi modo de construir lenguaje sería decorar lo que no pude contar con el movimiento. Mis puestas tienden a ser “austeras” en relación al despliegue escenográfico/vestuario, etc. La síntesis me obliga a pensar y a ser crítico con mi obra y con la de los demás.

La escenografía, el vestuario y el material sonoro comienzo a elaborarlos desde el principio del proceso y busco su pureza de manera obsesiva. Una vez realizado el trabajo de síntesis, llega el momento de sacarlo al ruedo (adoro la palabra Ruedo, creo que es el Mr. Hyde circense que no me quiere dejar ir) y junto al espectador intentaremos darle forma al ritual.

Como mencioné anteriormente, gran parte del tiempo que le dedico a la construcción de una obra está en la elaboración y reelaboración de la preparación, no solo en mi trabajo como director o actor, sino también en mis clases. Pienso mucho en ella. En los ensayos, los artistas me proponen nuevas dinámicas que me llevan a nuevas direcciones, a veces pareciera que ellos me dirigen a mí en su afán de crear y yo simplemente les oficio de anotador. La preparación muta en cada ensayo, siempre hacia la misma dirección, el tono ideal para el momento creativo, la pulsión que desatará escenas. Podía decir que esa es mi receta. No puedo construir teatralidad con un cuerpo que viene de la vida cotidiana, necesito conseguir un cuerpo extra-cotidiano. La energía que me interesa para mis trabajos tiene dos polos. Una que lidia con la violencia, un cuerpo “violento” no se controla demasiado y otra con la ternura, la ternura me parece que es algo que la modernidad se ha encargado de abollar, hay que darle forma nuevamente. Con esas dos energías buscamos “someter” al  cuerpo a un estado de desgaste que nos obligue a pensar de otra manera, que nos desordene, que no nos deje caer en la normalidad de nuestro trabajo, en la lógica realista. A este cuerpo lo llamo “guerrero”, una forma romántica de empoderar a la comunidad y  sentir que no tengo un elenco sino un “ejército de actores” con el cual daré batalla. Con él aprendemos a construir lenguaje y a volcar nuestros años de estudio en función  tratar de “acrobaciar” diferente, actuar diferente, bailar diferente, movernos diferente. Y con esto no me refiero al cliché posmoderno del “ser diferente” y ubicarme en las antípodas del resto para generar una distinción. La diferencia aparece cuando reflexionamos sobre lo que hacemos, cuando cuestionamos nuestras propias formas y de ahí deviene el contenido, de la crítica a nuestro hacer. Con el pasar de los ensayos, los artistas logran caminar, mirar, respirar y sonar de una manera particular, disocian de manera no cotidiana los miembros, la columna se suelta.

Siempre pienso en lo pagano, lo profano, lo carnavalesco, el ritual. Vivo en Tolosa y de vez en cuando me topo con las cuerdas de candombe que tocan los domingos por la zona de los galpones ferroviarios, también, en épocas de carnaval, emergen las comparsas del barrio El Churrasco a la hora que baja el calor y pasan ensayando por la puerta de mi casa. La cancha del CC Tolosano con sus partidos a muerte por los puntos y la hinchada, enardecida por la entrega casi suicida de los jugadores, es un folclore de impacto multisensorial. Cuerpos transpirados, alterados, extasiados. Miradas profundas, desafiantes, encendidas. Cánticos guturales, sonoridades metafísicas, gritos de guerra, de espanto. Personas de diferentes edades y extractos sociales, bailando, moviéndose, mutando. Demonios. Espacios que se transforman con el mover. Una gran comunidad. Una fiesta pagana, un ritual. 

Admiro esa energía, también la envidio un poco. Desde que me dedico a la dirección busco lo mismo, eso que ellos logran y yo aún no puedo. Entrar en ese trance real, genuino. Metamorfosear, quitar las capas sobrantes y sentir por un momento cierta sensación física de desopresión. Interrogar al cuerpo de manera de “corromper” sus trabas socioculturales. Hacerlo permeable, plástico, un cuerpo que se mueve no como le dijeron sino como siente que debería ser. Una nueva forma de comunicarnos. En síntesis, no me gusta lo que me rodea y lo cuestiono en la escena.

No considero para nada un acto revolucionario lo que realizo con mi trabajo. Tengo mucho respeto por la gente que pone el cuerpo y a veces la vida para que eso suceda. Los cambios reales le competen a la calle. Creo que solo me corresponde hacer rituales, que boicoteen normas estéticas, lo establecido por el mercado, que desordenen la manera de comprender y ver teatro. Rituales que, como los carnavales, interroguen  al cuerpo para soltarlo,  “enloquecerlo”, ser demonios, sacar sonidos guturales, bailar sin saber, no obligarnos a entender, ser, junto al espectador, una gran “barra de Tolosano”. Ese sería mi deseo, un arte anti-hegemónico 

Intento no reproducir teatro hegemónico, ese teatro de moda que desciende por un reducto mercantil desde la Santa Capital. Un teatro plagado de capas de mentira. Este último tiempo, donde las redes sociales son el paradigma de la comunicación, siento que esto se ha intensificado, noto que en general, a modo de publicidad,  se suele caer en una construcción ”teatral” paralela por medio de las redes y esa “teatralidad” pareciera más importante que la real (esta muchas veces ni siquiera existe). Es como si se anunciara de antemano lo que el espectador va a experimentar, a veces ni siquiera el material está estrenado. Esa metodología me recuerda a la utilizada por la industria cinematográfica norteamericana “No lo vas a poder creer!…Nunca viste algo igual”, como si el espectador fuera un tarado/a al que se le tiene que avispar de lo que su cuerpo pueda llegar a interpretar. No es un método inofensivo, recreamos falsedades con el objetivo de ser reconocidos. También se construye un espectador “creyente” y ese es el peor de los pecados, un espectador que idealiza la obra basándose en los conceptos mercantiles de publicidad. No creo que se haga con mala intención, entiendo que hay una necesidad de sostener los trabajos (y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra), pero para mí patea contra nuestra esencia, la de ser alternativos, la de proponer algo diferente, algo que discuta contra lenguaje hegemónico, el lenguaje de la mentira. Creo que todo esto es producto de un narcisismo al cual de alguna u otra manera las redes sociales nos han sumergido y cuyo único fin es consumir y consumir, hasta tal vez llegar a consumirnos. No intoxiquemos a nuestro público con estas costumbres, busquemos otra forma. El teatro es aquí y ahora, no antes y después. Difícil tarea por delante, porque aun cuando creemos que no lo estamos haciendo, siempre lo reproducimos de algún modo. Esa, creo que es la batalla estética del artista contemporáneo, liberarse de lo establecido por el mercado. Soñar con ser la pulsión de una estética anárquica, desenfrenada, que  acompañe las luchas sociales hacia un único objetivo, un mundo libre. 

 

Jerónimo Búffalo

Desde el año 1995 a la actualidad realiza su formación como artista, actor, docente y director. Es Egresado de la carrera Actuación de la Escuela de Teatro de La Plata. También estudia durante toda esta etapa con los maestros Pompeyo Audivert, Raúl Serrano, Rubén Schumacher y Raúl Iaiza. Completa su formación con diferentes cursos y seminarios enfocados al mimo, el circo, la danza y el entrenamiento corporal.

Sus trabajos se han presentado en diferentes espacios oficiales como la sala TACEC del Teatro Argentino, el Espacio Memoria y DDHH (ex ESMA), la sala Payró del Auditórium de Mar del Plata, en el Centro Cultural Haroldo Conti (ex ESMA), el CCC (Centro cultural de la Cooperación), en el Centro Cultural Borges, la UNSAM (Universidad Nacional de San Martin), el Auditorio de Bellas Artes (UNLP), el Museo de Bellas Artes de la Provincia de Buenos Aires Emilio Pettoruti, en la Escuela de Teatro de La Plata y en el Centro Cultural Islas Malvinas (La Plata) . En espacios no oficiales de Capital Federal como el Galpón de Guevara, el Teatro Mandril y en diferentes salas de La Plata, donde reside. Han sido seleccionados para participar en distintos ciclos y festivales nacionales e internacionales.

En la actualidad forma dirige junto a la coreógrafa y bailarina, Florencia Olivieri, la compañía DO2. Como docente dicta clases y seminarios de actuación e indagación escénica  en el Centro de Arte de la UNLP (Secretaria de Arte y Cultura de la UNLP) y de manera independiente.

 

 

    

 

  

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