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Viernes, 01 Noviembre 2013 18:49

Memoria de un corazón de mujer

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La obra espera en posición escénica, las futuras protagonistas realizan pequeños gestos, luego cada uno de los seis solos irá desentramando estos indicios para conformar la red de personalidades. El público ingresa.

Bajo la manta (Josefina Zuain), alumbra y mimetiza un fantasma Santa Cecilia (Cecilia Mazza), danza debajo de una tela de la que parece querer escapar pero queda ahogada en su propio grito silencioso, en un ademan de grito  Bajo la manta toca su vagina por sobre el short y por perversa pierde el paraíso. La espera Siberia, el exilio de la nieve y a temblar espasmos que marcan el ritmo de la masturbación total de espaldas a solas donde se hacen estas prácticas de deseo, esa fama de placer.

Encantada (Ana Laura Ossés) logra que la guitarra -su amante- quede en una incómoda posición sobre su cuerpo, las otras personalidades aplauden, ella también se festeja con una amplia y compradora sonrisa, canta temas dulces sobre su fragilidad y la necesidad que el amor sea suave, una pradera -o algo con horizonte-. Espera amor, luego deja al amante en un rincón y como una casta nena recibe cítricos desde un cielo a dos metros de distancia  -la bolsa que las contiene vendría a ser la nube- atrapa una y la muestra al público, espera los aplausos, que la quieran. La naranja ahora juega en sus pies, el objeto de deseo no va a caer, con sus grandes ojos lo mantiene fijo sobre sus plantas, es una sumisa del amor, se quita la bombacha y queda entre sus piernas, otra perversión atraviesa la obra y con el mango de la guitarra hace el amor o se masturba, eso queda a la propia visión sexual del espectador, para desembocar en palabras minuciosamente seleccionadas sobre cada relación afectiva, palabras-contornos para armar la historia desmesurada y asimétrica de amor.

Chiquitita (Georgina San Cristóbal), llego al mundo en un canasto lleno de flores, traída por una bandada de pajaritos desde París, la boba idea imperante le dijo a esta chica vestida con malla y dos chuflines, que el sexo y pecado deben ser.  Ahora bien, la inocencia irremediablemente esta para perderla: desenmascarando la vagina de un muñeco, la antigua niña confiesa lo aprendido, las verdades biológicas de su llegada al mundo, elementales explicaciones rompen el himen.

Las exageradas cejas aplicadas color blanco, sinécdoque del personaje Urbana (Carolina Arandia), de una estética devenida en chica de videos de babasónicos, reúne un baile frenético seco y sin segundas líneas, propone la fiesta de color oscuro donde solo se percibe el movimiento y dos o tres flashes que por rápidos no permiten distinguir nitidez  alguna. Representa el tiempo presente, la eterna juventud divino tesoro, la ciudadana del mundo: carne y cal.  Santa Cecilia, desde un sillón rojo observa, como todo espíritu atraviesa la obra como una casa, pero no asusta porque es parte conocida de cada una, es el hilo silencioso el halo y el misterio de la fe.    

Madame mi (Melina Martín): El soliloquio conductor que teje la novela, la señora de una elegancia propia de la rica en desgracia, que pregunta y ríe mientras se hunde el titanic. El amor funcionado como decepción la ha vuelto loca y sin más aliento ni carne para ofrecer pregunta y  termina su relato y con ella la obra: me vas a querer? Así y todo, con todo esto que soy, me vas a querer?  

Reflexión final

Personalidades de marcada estética sentimental con de bordes difusos, ahí es donde se enganchan unas con otras, bien podrían ser las partes de un único cerebro: una telaraña que se proyecta en una escena representando todo lo que habita en ese discernimiento que se despoja del tiempo, y superpone a las mujeres que adolecen niñas y fueron construyendo un concepto de sexualidad.   

  

 

 

 

Pablo Gungolo

Poeta, nació en Bahía Blanca y en la actualidad reside en Capital Federal. En el 2011 publicó su primer libro “Polaroid” (Editorial La Parte Maldita). Generalmente escribe en floresyfobias.blogspot.com (Elongando). Su próximo libro se llamará “los restos”.

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