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Sábado, 29 Septiembre 2012 21:53

La bella es la bestia. Apología de la cisura.

Escrito por

Con el hígado transpirado: así está ella, así quedamos. Andrea es en sí misma una mezcla. Mezcla de Andrea la puta de ficción, con algo –mucho- de Marina Otero, su creadora. Mezcla de un personaje y una persona; de una autobiografía que se abraza a esa Andrea de Pablo Ramos en “La Ley de la ferocidad”, talvez para compartir la responsabilidad que implica hablar de uno mismo. 

Los que asistimos vamos entrando/subiendo de a uno o de a dos a Apacheta -la sala de la ventana- y nos indican dónde sentarnos. Somos pocos, es un encuentro íntimo.

No quisiera describir qué va pasando… para eso toca ir algún sábado a la cita con Andrea. Pero sí ubicar al ahora lector y al posible espectador, sobre ese encuentro que es a la vez disfrutable y agotador, sincero y piadosamente mentiroso, y que probablemente lo haga juntar las piernas entre sí, enterrar la cabeza entre los hombros; cada vez que Andrea habla, llora, se golpea, se sincera, se esconde, se rompe, se define, se enumera, se pervierte y festeja la moral hedionda mientras se avergüenza…

Andrea y Marina se confiesan profanamente. Irreverentemente. Las dos en una.

Vestuario y luminotecnia terminan de delinear, según cada momento, unas veces la rotura y la debilidad, y otras veces la belleza provocadora y la fortaleza de esa mujer. El diseño de luces organiza y reafirma el decir: con luces blancas como de bajo consumo de un baño de alto consumo, privado y público a la vez, donde Andrea se encuentra con el señor Equis 1, con Equis 2, Equis 3… o al menos los recuerda maquinalmente transformándose en un instructivo de su oficio de prostituta… Y también luces “de teatro”, que muestran a esa mujer bestia como una prostituta romántica. 

Andrea no tiene nada de insólito, sino más bien de ordinario -en oposición a extraordinario-. Y ese es el acuerdo: les mostraré mi revés, mi otro lado.

Andrea es una especie de melólogo actual bizarre, que enfoca su lente en el lado B de una mujer común, o en esos elementos simples y provocadores, que mediante un humor irreverente, celebran la heterodoxia y dejan ver las costuras y las hilachas de esa mujer común. 

Las roturas y las oscuridades se muestran especialmente a partir del texto, de los golpes al propio cuerpo, de hacerlo sonar contra el piso exageradamente, y gritar en algún momento; pero lo visualmente bello de la imagen de ese cuerpo y de su rostro, nunca se subvierte. El maquillaje casi no se corre, los volados parecen almidonados, el pubis está prolijamente embellecido… Y es probablemente ese contraste lo que incomoda, sacude y reconforta.

 

Comentario para Andrea, dirigida por Marina Otero, en Apacheta sala/estudio // Pasco 623.

 

Ayelén Clavin

Formó parte de Segunda cuadernosdedanza.com.ar desde su fecha de fundación hasta el año 2014.

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