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Jueves, 15 Octubre 2020 23:01

No hay LA danza

Escrito por

 

Por eso es que no le sirven de nada al enfermo todos esos aseguramientos de que «querer es poder»,

ni todas las exhortaciones y vituperios. Es preciso intentar primero que se convenza a sí mismo,

por el rodeo del análisis, de la existencia de ese propósito de enfermar.  

Freud, Tomo 7

 

La palabra disfraz es sólo una metáfora, que deja intacto

el problema de qué es lo que se satisface en una satisfacción simbólica.   

Lacan, Seminario 2 

 

 

 

Me levanto a la mañana con un par de mensajes amorosos que reconociendo mi trabajo en el campo me hacen notar que en Argentina, el 10 de octubre es el día nacional de la danza y, conjuntamente, el día de la salud mental. Me alientan/alienan a escribir algo y, a decir verdad, el hashtag #ladanzaessaludmental me molesta. Ahí todo pegoteado, sin aire, repetido hasta el hartazgo con fotos de momentos de danza en escenarios.   

Entiendo cuáles son algunos de los significantes que sostienen la alegría y actitud reivindicatoria de la coincidencia, pero siento que a veces el camino hacia el infierno está plagado de buenas intenciones.

Siento que es de urgencia abrir los significantes de esa frase.

 

¿Cuál es “LA” danza que cura? 

 

¿Es  un ENTE universal que produce sujetos ajenos a los problemas de su época? 

¿Un SER autónomo que facilita soluciones a la complejidad de una existencia? 

 

Recuerdo el historial de Dora un caso de  Freud que lleva a preguntarse por cuál es la propia responsabilidad en todo aquello de lo que nos quejamos.  Las quejas de Dora son sobre los otros: que no hacen, no ayudan, la cagan, la joden y demás. Pero, ¿cómo es posible no tener nada que ver con eso que nos agita?, ¿cómo es posible que siempre seamos objeto del otro?

 

¿No le estaremos pidiendo mucho a la danza? 

 

Siguiendo la idea analítica que tomo de Freud: ¿Dónde entra la epidemia de Baile de 1518, la esquizofrenia de Nijinsky, las internaciones de Susanne Linke, la vida tormentosa de Isadora Duncan? Pero sin ir tanto al romanticismo de las biografías: ¿qué pasa en el  más acá con los cuerpos que tenemos hoy y nuestra salud mental?, ¿qué ocurre con la precariedad? 

 

¿Qué pasa con la depresión/ansiedad, cuando esa sala que alquilás para poder dar tus clases te aumenta la hora, y une de los alumnes deja, por motivos varios, de poder abonar el mes? ¿Qué pasa con todos los arreglos que tenes que hacer para disponer de un espacio para dar tus clase on line? ¿Qué pasa con nosotres cuando todo el tiempo estamos cubriendo faltas para poder llevar adelante las prácticas para las que nos formamos?

¿Alcanza con trabajar todo el dia de otra cosa para bailar un rato gratis para un proyecto, un escenario, una idea, un living lleno de muebles corridos frente a una pantalla?¿es esto realmente gratis? 

 

Entonces, ¿qué es la salud mental?, ¿Quién la define?  ¿Cómo?

¿De dónde salen los significantes que nos aúnan?, ¿qué representan?, ¿qué sistemas de poder sostienen nuestras prácticas y sus microfísicas?

¿Quien hace LA danza?

 

Danzas, hacen bailarines de una diversidad enorme, desde la profesora que da zumba en el living de su casa para niñes que le pagan con mermeladas, hasta quienes dedican toda su infancia y adolescencia a consumar el sueño de ser elegides por una compañía extranjera para formar parte de su Ballet, les que nos dedicamos a la investigación, les que dimos clases de Pilates o Yoga para pagar nuestras clases de contemporáneo o bancar los apuntes de la Facultad. Les drags, les performers, la señora que pone la radio mientras limpia la casa. Y tantes otres que me quedan por fuera… ¡Justamente la representatividad total es una utopía!  

 

No se puede estar en todo, no se puede decir todo, simplemente no se puede. 

 

Cuando empecé a trabajar en talleres de danza en centros de día (Centros “especializados” para el trabajo con salud mental e inclusión de personas con alguna “patología  psicológica”), reiteradas veces, antes de conocer al grupo con el que iba a trabajar, me pedían la planificación anual del taller.

 ¿En qué lugar nos ubicamos cuando hablamos de inclusión? ¿Incluir en qué?

Supongamos que sorteamos esa cuestión, 

¿Cómo incluir a quien todavía no hemos escuchado, ni he visto? Que quizás ni siquiera puede enunciar lo que “necesita” y “cómo”.  Y no sólo en su “individualidad” sino en un grupo dispar con patologías diversas en una institución que los agrupa con fines netamente económicos. Porque sí, dejémonos de romantizar el trabajo con arte y discapacidad. A muchos centros de día les importa un comino la “salud mental”. Su trabajo es aunar a quienes han sido disfrazados por la misma palabra diagnóstica y sacar de ellos los réditos necesarios con la fachada impune de una moral que se escuda en la defensa de los “discapacitados”.

Entonces ¿Qué danza es la salud mental allí? 

Otra vuelta, ¿qué pensamos como salud mental? ¿Desde qué lugar ofrecemos lo que hacemos a otres?, ¿desde qué posición creemos que podemos “ayudar”?

 

Lacan se empeñaba en hacer una diferencia entre psicología y psicoanálisis. Básicamente esa diferenciación se instauraba en que el psicoanálisis se basa en la hipótesis de que existe el sujeto del inconsciente y que éste es transindividual. Por ende, la escucha en análisis no apunta a satisfacer, colmarnos de felicidad ante la promesa del paraíso o conseguir ideales de la checklist, si no en palabras de Lacan: 

 

“El análisis consiste en hacerle tomar conciencia de sus relaciones, no con el yo del analista, sino con todos esos Otros que son sus verdaderos garantes, y que no ha reconocido. Se trata de que el sujeto descubra de una manera progresiva a qué Otro se dirige verdaderamente aún sin saberlo, y de que asuma progresivamente las relaciones de transferencia en el lugar en que está, y donde en un principio no sabía que estaba.”

 

Esta frase siempre me ha parecido una brújula clínica. Para mi, “salud mental” se transforma (en el caso que estemos en posibilidad de hacerlo) en hacerse responsable, asumir la propia posición, leerla, siempre con otres a través de un proceso. Reconocer quiénes nos representan y qué representamos a través de elles. ¿Qué significa “nos representamos” y quiénes son les agentes, las personas concretas que llevan adelante esas acciones que nosotres consideramos importantes en nuestra vida como bailarines? ¿Qué tienen nuestras demandas en comun? ¿Qué diferencia introducen nuestras posiciones en el inconsciente? 

No nos une el amor. 

¿Por qué suponer que queremos todes lo mismo?  

¿Que la verdad es una?

¿O no justamente ese “no todo”  al que nos remite la “e” del inclusivo? 

¿cómo se crea comunidad sin pegotearse, sin invisibilizar subjetividades? 

 

 

Retomo, solventar todo el tiempo las faltas que produce una relación abusiva de poder nos deja en una situación tremenda: aceptar que no hay salida de ser el objeto perverso/pervertido  del otro. Incluso de ese que nos dice lo que queremos oír.

 

Mientras más escribo, más me percato que esta asociación entre la danza y salud mental me parece ingenua. Romántica. Plagada de heroísmo.  

 

Otra vuelta más ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “salud mental”?  Por supuesto hay explicaciones pero no me alcanzan, ¿podemos creer tan omnipotentes a la danza,y a la salud mental? O ¿ somos nosotres identificándonos?

 

Me aterra que la danza funcione para obturar(nos). 

 

Últimamente con toda la cuestión del confinamiento obligatorio y “la pandemia” no paro de pensar el análisis, siento que es en el trabajo con el malestar subjetivo en donde puede ofrecerse algún tipo de alojamiento cuando las escenas perversas del otro se han vuelto moneda corriente y para ello danzar es un gran medio. Pero también entiendo que esto solo es posible dentro del marco de la diversidad, de trabajar constantemente en la idea y acción de comprender que no soy el parámetro del analizante ni del bailante que acude a mi por ese supuesto saber, que como sabemos es una ilusión necesaria. Por eso, cuando veo cosas como #ladanzaessaludmental se me hace más urgente recordarme que lo común, lo que hay de “en común”, es solo un malentendido que nos “funciona para" y no “necesariamente para” “lo bueno”. Sin(o) caemos en la moralina infantiloide que está latente detrás de cualquier reivindicación necesaria de derechos vulnerados.

Insisto en que cualquier acto que pudiera parecer de “salud mental” va a depender de la historia personal de cada sujeto, su proceso y su tiempo. La verdad nunca es ontológica. En resumen, cuando demandamos lo hacemos desde una posición subjetiva, cuando respondemos también, una verdad sólo puede existir después de un recorrido. Creo que una danza también, su objeto se constituyo en el hacer como objeto nuevo. 

Condensar a veces es necesario para emitir un mensaje. Poner en relación danza y Salud mental me parece importante.  Es parte de nuestros procesos, de los cimientos. Ahora bien, luego la tarea es abrir, separar, revisar, interrogar, ¿cuáles son nuestros significantes? ¿Cuál es la relación que establecemos?

 

Nosotres ¿Qué tenemos que ver?

 

Claramente para mi es un problema técnico para trabajar con otros afirmar que “LA” danza ES.  En todo contexto decir #danzaessaludmental, es prácticamente negar las condiciones de existencia que nos permiten que podamos pensar en esto. Los que hemos atravesado procesos de danza hemos sido, a veces, víctimas y/o testigos de los estragos que causan los ideales que sostienen las  prácticas. Provocando situaciones que distan de lo que se definiría más hegemónicamente como “salud mental”.

Entonces ¿Qué hay de nuestra omnipotencia?, ¿de las subjetividades heroicas? ¿Qué hay con esto de creer que podemos con todo cuando ni siquiera podemos preguntarnos quién nos representa? ¿Qué posición asume el Otro y, por ende, cuál asumimos nosotros como objeto de ese Otro? ¿Qué consecuencias políticas conllevan las condensaciones sin un sujeto que lee? 

 

¿Podremos sanar con un #?

 

 

Retomo entonces la salud mental, quizás nunca dejé de hablar de eso…

Siento que es necesario conmover la idea de “salud mental” en el sentido de trastocar lo que se ha dicho como ideal dentro de una sociedad. Su propia estructura aboga por lo que falta, no en relación al deseo sino en términos de hacer que eso que falte sea donado por otro que comprenda mejor lo que falta.  Una identificación a la precariedad se vuelve una herramienta del poder, como recuerda Foucault el poder no es punitivo, no es vertical, lo presenta a través de la microfísica en los cuerpos y nos recuerda así, que a veces la resistencia es funcional al poder.

En el #ladanzaessaludmental, “LA danza”, es el sujeto de la oración, la “salud mental” es el objeto, pero allí no hay sujeto. Y entiendo que ese es el juego de la representación política. Pero, si “toda acción es política”, si tenemos en agenda la deconstrucción de conceptos como “el amor romántico”, si tenemos en agenda la revisión de “la violencia de género” tanto física como simbólica y “el anticolonialismo”. Si hacemos tesis y tesis de tesis de las tesis de Foucault, si andamos por el mundo enamorades de DeleuzeyGuattari (no se separan), Derrida, Agamben, Zizek, Preciado... Siento que valdría la pena  que nos vaciemos un poco las bocas, para analizar(nos) desde que posición hablamos y que apostemos a la potencia de nuestros agujeros. A ver qué pasa si no vienen a rescatarnos, porque de más está decir que un agujero no se sostiene por sí mismo.

 

 

Fátima Sastre

BAILANTE como una posición. Bailarina, Psicoanalista, Psicóloga social en trabajo corporal expresivo.  Creadora de DANZAPSI “Análisis psicoanalítico del sujeto  del movimiento”

Años destinados a otros intentos (¿Fracasos?) académicos Lic. Artes combinadas, en Filosofía  y en composición coreográfica mención expresión corporal. 

Multipontecialite (Renacentista según la psicología de la personalidad) La curiosidad y el deseo constante por seguir conociendo me mueven.

Escenarios. Danza. Autogestión. Investigación. Docencia. Clínica Psicoanalítica.  Fotografía. 

Participa en Segunda como editora porque creo en/con  las palabras, me identifico en sus búsquedas y la libertad con la que es posible abordarlas.