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Pisano, Pilar (2023) Reseña bibliográfica: Pascal Quignard, El origen de la danza, 201. Cuadernosdedanza.com.ar ISSN 22408708. Publicado el 24 de Febrero 

Este texto es un recorrido por los puntos claves que aborda el escritor, músico, profesor, filósofo, chelista y organista de origen francés, Pascal Quignard, en su libro El origen de la danza (2017). En esta obra reflexiona sobre el origen no solo de la danza sino también de nuestra propia existencia. Propone pensar dos mundos, un primer mundo alejado de la lengua hablada donde la danza predomina dentro del líquido amniótico materno, y un segundo mundo, donde las palabras, los nombres y las normas sociales ya se hacen visibles. En este proceso participan un cuerpo “continente”, la madre, y un cuerpo “contenido”, el bebe.

A lo largo del texto se intenta desentrañar las ideas principales que plantea el autor, utilizando por momentos sus propias palabras a través de citas y complementado con citas de otras figuras reconocidas del mundo de la danza.  Se exponen temas como el nacimiento, el habla, la infancia, el mito de Medea, la danza Butoh y el ballet Giselle; la naturaleza y su conexión con los cuerpos y la danza, los elementos naturales como el aire, la tierra y el agua; el origen de la danza como el principio de la existencia y la figura del bailarín en el proceso de cambio y mutación que solo un arte como la danza posee. Se busca reflexionar en base a estos tópicos sobre el papel de la danza, cómo podemos definirla, a qué mundo pertenece y cuál es su conexión con el mundo que conocemos y con la naturaleza que nos rodea. También, se analiza el rol del bailarín: desnudo y alejado de cualquier convención social, se convierte en el único intrépido que se anima a vivir la mutación, a nacer y renacer, acercarse lo más posible a ese primer mundo, al mundo donde la gravedad es casi imperceptible, al nado en el líquido amniótico dentro del vientre materno. 

Danzantes figuras volátiles y etéreas que se esparcen como el reflejo de las estrellas sobre el mar, esa frescura que encuentra la armonía y el encanto en todo aquello que es débil, la fragilidad de esos cuerpos elásticos y flexibles sobre un escenario, que parecen volar, o nadar, o quizás, la palabra que busco es danzar. Danzar, como si algo se moviera sobre el mar calmo. Danzar, como si el cuerpo fuera parte de la tierra y no solo hubiera llegado a ella por poco tiempo, hasta morir. Danzar como danzan los mechones de pelo frente al viento, rebelde, desprolijo, torpe. Buscar la armonía en lo errático y el equilibrio de lo bello en la pasión desenfrenada. La serenidad de un río. El rugido del mar. La frescura de la flor y la pasión del sol. La danza se conecta a esos recovecos que el mundo deja ver, con sutileza, y que son la esencia del arte. La danza, para Quignard, no conoce más que el origen, que una naturaleza cruda dotada de elementos prístinos. La obra de Pascal Quignard a está atravesada por el arte, entre sus libros se encuentran ensayos sobre poesía, filosofía, música y literatura. Trata tópicos como el prenacimiento, la gestación, como también así la falta de lenguaje que estos estadios traen aparejados y que posicionan al lenguaje en un momento posterior al del nacimiento y la gestación. En El origen de la danza (2017) se acerca a estas ideas y al origen de la danza desde una perspectiva poética y mística, alejada de las durezas del historicismo y la cronología lineal. 

Quignard plantea la existencia de dos danzas: la primera, la danza intra-uterina, es la danza que antecede a la danza, precede al nacimiento,  sucede antes de que el cuerpo sienta el aire y la  tierra y se genere el primer grito. Así, el autor pone en primera instancia al elemento agua, en segundo lugar a la tierra y por último, al elemento aire.  La segunda es la que sucede luego del parto. Esta imita a la primera, e intenta traducir en el aire la danza que se originó en el líquido amniótico. Quignard afirma que el nacimiento está conformado por dos momentos: un primer momento, el del empuje, donde un cuerpo “continente” (la madre) expulsa un cuerpo “contenido” (el bebé). El segundo momento consiste en la intrusión del aire, una intrusión violenta, donde se da la primera respiración del cuerpo contenido. Este cuerpo ahora pierde toda la motricidad que antes poseía en el universo líquido. 

Fuera de lo convencional, Quignard define a la danza como los gestos, los pasos, el arriba y el abajo. Excluye las ropas, los rostros, los rasgos personales, las personas gramaticales, los nombres de pila. Agrupa todos estos elementos dentro del segundo mundo, de la segunda danza. Y así, despojados de la lengua hablada, el bailarín queda desnudo y descarnado. A través del nacimiento, el autor define a cada niño como “La madre fuera de sí” (Quignard, 2017). Esta idea se remite a la separación que se genera entre un cuerpo “continente” y un cuerpo “contenido”, pero también puede ser tomado como una referencia al mito de Medea: Quignard presenta un guión para ser danzado por una bailarina japonesa de Butoh que se concentra específicamente en la figura de Medea y lo terrible de su historia, lo terrible de esa mujer “fuera de sí”, cegada por el odio. Pascal afirma que entramos a este mundo por una puerta angustiante, haciendo hincapié en el autismo y la anorexia que Quignard vivió en su infancia y juventud, y cómo la imagen de su madre incrementó su condición.  El autor plantea cuatro tesis, pero me gustaría detenerme solo en la última, que afirma que la danza pertenece al primer mundo. No es del segundo mundo, no es del mundo humano. Para Quignard, la danza es el nacimiento. Este, quizá, sea el punto central del libro: pensar a este arte conectado al nacimiento, ubicarlo en el origen del primer mundo, colocar al origen de la danza como el origen de la propia existencia: 

La danza apela a la torpeza natal. Apela a todos los gestos infantiles. No sabe hablar. No sabe cantar. Ni siquiera sabe levantar el pie. Ni siquiera sabe apoyarlo. No sabe unir las palmas, separarlas, golpearlas, producir sonido. La danza apela al cuerpo silencioso que habita toda la vida en otro cuerpo que precede –en otro cuerpo que ya no está. La danza apela al cuerpo antes del lenguaje (al cuerpo originario, al cuerpo ovular, al cuerpo embrionario, al cuerpo fetal, al cuerpo natal, al cuerpo infantil). Al cuerpo antes del yo. Al cuerpo antes de la posición - sujeto. Al cuerpo antes del rostro. Al cuerpo antes del espejo. Al cuerpo antes de la piel. Al cuerpo antes de la luz. (Quignard, 2017)

Nuestro origen no tiene nombres, no tiene lenguas, no tiene palabras. Nuestro origen es la danza, es el movimiento, un ritmo mudo. Es el primer pie apoyado sobre la tierra fresca, es la primera respiración, es el primer nado. Bailamos a través de la motricidad, en la falta de discurso. El cuerpo habla otra lengua. La lengua de la acción, de la materialidad que trae aparejada la corporalidad, la lengua de la danza.

En la desobediencia al ritmo, a la técnica, al entrenamiento y a la búsqueda de métodos se encuentra la verdadera danza. La danza que es torpe, que se arrodilla, que gatea y aun no camina erguida. La danza que no sigue compases ni notas musicales, que no conoce de pasos ni estilos. El cuerpo indisciplinado y natural es el cuerpo de la verdadera danza, el cuerpo original.

El autor distingue la danza aorista, el coito, que se da antes del origen, de la danza perdida embrionaria, el nado del cuerpo contenido en el líquido amniótico. Quignard afirma que la ceremonia de la danza perdida es el ankoku butoh.

El ankoku butoh, danza japonesa nacida en la posguerra, inspira sus movimientos en las víctimas de Hiroshima. Su nombre significa “descender de la oscuridad”, retorcerse, estar en contacto con el elemento tierra, sentir la vida y sentir la muerte. Quignard se remite a esta danza por no tener reglas, por su predominancia en la improvisación, la imitación de la naturaleza, la búsqueda de la emocionalidad y los movimientos erráticos. 

Quignard se refiere a una bailarina de butoh, Sanae Ikeda, que luego toma el nombre de pila de la bailarina de ballet italiana Carlotta Grisi, pasándose a llamar Carlotta Ikeda. Sanae Ikeda nace en 1941, cien años después del estreno de Giselle de Carlota Grisi. Toma el nombre de pila de Carlotta Grisi en 1969. El autor cita a Ikeda, en una frase en la cual define al butoh: “Carlotta Ikeda dijo: El butoh es como un vómito. El cuerpo vomita bruscamente la totalidad del mundo interno como la boca del volcán vomita irresistiblemente su lava” (Quignard, 2017). Para el autor, un espectáculo de danza se basa en la idea de los dos mundos, y la primera en anunciar esto fue Carlotta Grisi con Giselle. 

 

 

En el año 1840, a Grisi se le ocurrió un libreto de ballet luego de leer un poema de Heine donde una campesina salía de su tumba en el bosque, y, a través de la danza de los muertos, todos los seres que la rodeaban se arrastraban a la muerte. Carlotta tomó de Heine la idea de que las novias, cuando mueren antes de casarse, no pueden dormir en sus tumbas, ya que poseen una excitación que no ha podido saciarse en la tierra. Entonces, danzan en los bosques, se reúnen a medianoche, atrapan a los hombres jóvenes que se crucen cerca de ellas, y los arrastran a su torbellino hasta el agotamiento. En Alemania, se utiliza el nombre de “Willis” para nombrar a las mujeres muertas antes de sus bodas que tienden trampas a las personas que deambulan por la noche, con el objetivo de saciar su deseo o curiosidad. Este nombre es el mismo utilizado en el ballet de Giselle para nombrar a los espíritus de mujeres que vagan por el bosque.

El libreto oponía dos mundos: uno terrestre, donde se estaba vivo, donde paso tras paso había una caída, y otro aéreo, donde se deambulaba por la noche, donde uno volaba y se elevaba en puntas de pie. Llegando al final del libro, Pascal plantea que en el mundo actual, regresa el mundo arcaico y onírico, el primer mundo. En este punto, el bailarín es el único que no teme, que se lanza a ese primer mundo. Tiene espanto pero a la vez es intrépido. Utilizando los conceptos de Quignard, se abre para el bailarín, la puerta a lo real, el punto del nacimiento, la descoordinación, el trance, el espanto, el ek-stasis. 

Volarse por el cielo como un pájaro que exulta es sumirse en la noche del cosmos como un nadador que se lanza al fondo del abismo hasta el punto en el que agua del océano llega a pesar con todo su peso sobre el volumen de su cuerpo y lo hunde bruscamente en una unidad desorientada (Quignard, 2017)

El bailarín vuelve al espacio donde la gravedad es casi imperceptible, que es la panza materna. Así, el lugar de la danza deja de ser un lugar para pasar a ser un tiempo. Un tiempo de cambiar de estadio.  Bailamos para cambiar, para mutar. Para pasar de un estado a otro, para salirnos del vientre materno. El baile es el proceso de metamorfosis, de dejar de bailar en el líquido amniótico y pasar a caminar, a respirar el aire y estar en contacto con la tierra. Repetimos la natación de nuestra danza perdida pero con un cuerpo nuevo, un cuerpo de pie, que respira y se separa de su cuerpo “continente”. En todo ese proceso, estamos danzando.

La danza es trasmutación, cambio. Y el bailarín es el único que se atreve a vivirlo, a afrontarlo, a sentirlo, a interpelarse en ese proceso, en ese éxtasis y ese trance. Se entrega, y se consagra finalmente como el único valiente que se  altera, el único que nace y renace. Nada cambia al quedarnos quietos, nada cambia al no permitirnos movilizarnos. Es en el movimiento que nos da la danza donde nos volvemos otros, donde mutamos. La danza es el origen de la existencia, pero también del cambio, de la transformación. En esta transformación, quizá, se encuentra la esencia de la vida y de la muerte. ¿Qué es la vida si no  el constante cambio, la constante mutación de estadios del ser?

Hay algo que une a la danza con el mundo que conocemos, con su naturaleza, con su esencia y origen, o quizá, como Quignard dice, la danza ni siquiera sea de este mundo, de esta banalidad y nimiedad humana. Quizá el origen se encuentra en ella, quizá viene de aquel mundo perdido a entregar el origen, quizá, en algún lugar remoto del mundo, el silbido del viento, el canto de un pájaro y la frescura del rocío susurran a la vez su secreto, el secreto del origen y de la creación, el secreto de la danza, su forma natural y originaria, su mundo interno, la danza perdida.

No bailo una danza que pertenezca a este mundo. Bailo la danza que recuerda el cuerpo. Min significa el rio, el flujo, el agua viva. Relajo el cuerpo en la corriente. Olvido incluso el agua en la que estoy inmerso y donde bailo cuando danzo en el aire. Danzo en el aire como si fuese agua. Bailo la danza que recuerda el cuerpo (la danza perdida) por medio del cuerpo fruto-del-abrazo-genital-que-tuvo-lugar, en otro tiempo, antes de que yo estuviera, antes de que se encastraran dos seres que no eran yo (la danza aorista)

Al danzar me aproximo al nacimiento, origen de la danza, proyección de la fuerza en la soledad totalmente nueva de un cuerpo sexuado que deriva del coito sexual. De manera que, al acercarme al nacimiento, avanzo hacia el abrazo perdido, que está detrás de la danza perdida. (Min Tanaka (1) , citado por Quignard en 2017)

 

Notas

(1) Min Tanaka es un bailarín y actor de origen japonés. Se ha destacado en disciplinas como el ballet, la danza moderna y la danza butoh. Ha realizado diversos estudios interdisciplinarios sobre la danza y su origen. 

Imagen Nro 2. Theophile Gautier – Retrato de Carlotta Grisi en Giselle - 1841.

Imagen Nro. 1. Isabel Muñoz - Daisuke Yoshimoto - 2018.

 

 

 

 

 

 

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