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Si pienso en tus ojos y en mis ojos ahora mismo, leyendo estas líneas, podría asegurar que su funcionamiento orgánico es casi idéntico, pero… ¿podría afirmar que estamos viendo lo mismo?

El particular modo en que cada uno de nosotros ve, toca, escucha, huele o saborea el mundo está íntimamente conectado con el sistema de significaciones que ha aprehendido y en el que está inmerso; su sistema social y cultural. Es así como a pesar de tener la misma anatomía fónica o visual, coexisten diferentes dialectos en un mismo territorio o incluso sociedades que distinguen más colores que otras. Gracias a la cultura y al cuerpo jugando juntos, como sistemas interconectados, es que nuestra particular forma de habitar el mundo se hace carne. En palabras de Le Breton “La naturaleza del hombre se realiza en la cultura que lo acoge” [1] y la forma en la que lo hace es experimentando el mundo a través del cuerpo. Un cuerpo colmado de huellas y singularidades, un cuerpo colmado de historia. Como menciona Clarissa P. Estés: 


“El cuerpo utiliza la piel, las fascias profundas y la carne para registrar todo lo que ocurre a su alrededor. Para quienes saben leerlo, el cuerpo es como la piedra de Rosetta, un registro viviente de la vida entregada, la vida arrebatada, la vida esperada y la vida sanada” [2].


Ese registro corporalmente historizado está marcado sin duda en mi caso por el campo donde he desarrollado gran parte de mi experiencia profesional: el universo organizacional, particularmente la empresa privada [3]. Es poniendo el foco en este prisma que me convoca la posibilidad de preguntarme por los sentidos que allí circulan alrededor de la idea de cultura y en específico:

 

¿Cómo se cruzan estas ideas de cuerpo y cultura en el universo organizacional?

 

¿Qué se entiende por cultura en este contexto?

 

¿Qué lugar ocupa el cuerpo en lo corporativo?   

 

¿Nos puede ayudar lo corporal a re-pensar lo corporativo?

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura en el universo organizacional?, 

 

¿El foco sigue estando en comprender los comportamientos y los sentidos que allí circulan?

 

Muchas son las definiciones de cultura existentes pero la mayoría converge en su capacidad de unir las distintas subjetividades en pos de un propósito común, una especie de principios que funcionan como una brújula invisible que hace que sus miembros naveguen hacia el mismo norte.  Los esfuerzos de estas conceptualizaciones no están tanto en comprender los comportamientos que allí circulan sino en diagnosticar y diseñar la cultura para “gestionarla”, optimizarla y alinearla a la estrategia organizacional con un objetivo claro: maximizar los beneficios económicos y mantener a la organización viva. 

 

Es justamente la “gestión cultural”, bajo la instalación de una“forma correcta”de ser organizacionalmente como discurso único e identificatorio, la herramienta clave que encuentra la organización para esa supervivencia. Una supervivencia basada en la definición de ciertos sentidos oficiales empresarios [4] traducidos en comportamientos, hábitos y valores fijados en un manual (algunas veces tácito y otras explícito) sobre lo que SÍ y lo que NO se valora organizacionalmente, legitimando ciertas prácticas por sobre otras; haciendo circular el poder [5]. 

 

Poder que en las organizaciones se manifiesta como relaciones de fuerza, de lucha, de estrategias en contraposición y complementariedad. Un tipo de poder omnipresente que se ejerce mediante el control de actitudes, creencias y prácticas de las personas a través de un sistema de ideas, lo que Foucault llama “discurso” [6]. En las organizaciones, como en cualquier otro campo, las personas regulamos nuestros comportamientos en función de estas normas, generalmente sin ser conscientes de que es el discurso el que nos guía.

 

Las organizaciones son sistemas vivos compuestos por personas que persiguen uno y mil objetivos diversos y la complejidad es propia de esa naturaleza.  Una naturaleza que es necesario repensar desde lo más humano que tenemos; el cuerpo. Un cuerpo encarnado de experiencias y lubricado de movimiento, un cuerpo que también es un sistema y está compuesto por tejido conectivo que envuelve, une y separa. Un tejido que sostiene: la fascia, nuestro órgano más sensible.

 

Si pensamos en los puntos en común entre cultura organizacional y fascia, ambas:

 

Son sistémicas. Las tensiones que se originan en un extremo, repercuten en el otro. Es imposible dejar de pensar en la interconexión del todo. 

 

En las dos lo blando sostiene. Aunque muchas veces pensemos que lo que sostiene al cuerpo es la columna vertebral o a las organizaciones, las grandes estructuras. 

 

Articulan y persiguen la cohesión entre las diferentes partes.  

 

Proporcionan una superficie lubricada para que cada componente del sistema pueda trabajar de forma independiente el uno con el otro. 

 

Ambas “protegen” (podríamos preguntarnos a quién o a qué), atenuando impactos y colaborando con la cicatrización. 

 

y potencian la comunicación entre zonas: todo el organismo está interconectado, sin interrupción, por la cultura y las fascias. 

 

Sin embargo, en estas simetrías hay un elemento central que no se comporta del mismo modo: el movimiento. Mientras que en nuestro organismo, la falta de movimiento hace que el tejido conectivo se rigidice, desordene y vuelva caótico; esto funciona de un modo diferente en el “tejido” corporativo donde los sentidos oficiales empresarios coreografían los movimientos posibles y hacen que los cambios, adaptaciones, ajustes e innovaciones que demande el contexto se vuelvan muchas veces el elemento que más cueste articular para lograr esa supervivencia.

 

¿Y esto por qué ocurre así? Las coreografías organizacionales garantizan que mientras todos se muevan y circulen de acuerdo con esa conformidad general, este movimiento “será incapaz de romper la interminable reproducción de una circulación de subjetividad consensual impuesta en donde ser es encajar en un patrón precoreografiado de circulación, corporealidad y pertenencia.”[7]  Por supuesto, amarrarse a las viejas inercias produce seguridad y cierta ilusión de certidumbre pero también la pérdida de libertad individual, de flexibilidad, creatividad e innovación.  

 

¿Qué pasaría si pudiésemos tomar ese aprendizaje de nuestro cuerpo? incorporar el movimiento y las disrupciones como parte fundamental, amigarnos a pensar los cambios como lubricantes. Es experimentando, en diversos laboratorios y prácticas de movimiento, que leo algunas vías posibles para pensar estos aprendizajes.

 

-          Sentir y experimentar. Nos conecta con el presente, no nos anticipa a lo que va a venir ni nos ancla en el pasado. Nos permite estar ahí, conscientes.

 

-          Tiempo. Podemos identificar limitaciones en el proceso, por ejemplo articulares, pero muchas veces para que eso desaparezca, tome otra forma o se abra, es fundamental darle tiempo.

 

-          Mirada. La innovación está en poder mirar de un modo distinto.

 

-          Transiciones. Lo complejo está en cómo pasamos del punto A al punto B, aprender a observar nuestro modo de movernos en estos pasajes es ya todo un desafío.

 

Cuando hablamos de movernos en el mundo organizacional se trata también de hacer coincidir nuestras inercias naturales con las de la organización, hacer aparecer a las personas, fomentar la experiencia de su singularidad. Proponer cambios que tengan más que ver con las experiencias individuales, con las lógicas de aprender y desaprender[8]. Si el cambio no es individual no hay transformación, pero a la vez es una fuerza social que debe construirse con otros, debe entrar en relación con los demás para que, colectivamente, logre existir.

 

Por supuesto, no hablo de liberarnos totalmente de las coreografías organizacionales porque la planeación, las técnicas, estructuras y conocimientos son necesarios para esa supervivencia, pero sí comenzar a proponer una redistribución y reinvención de sentidos, cuerpos y relaciones que nos permitan aprender cómo movernos dentro de la estructura en libertad. Como en una práctica de improvisación guiada por una consigna que está ahí pero que no limita ni clausura corpografiando milimétricamente cada paso, sino que potencia, abre y permite danzar con la propia singularidad, haciéndonos sentir vivos. 

 

Eso mismo que siento cuando bailo; ese vértigo feroz del movimiento que me permite entrecruzar campos, combinar prismas, desdibujar límites. Es moviendo que estoy en un constante aprender, desaprender, escuchar,  proponer. Puedo mirar distinto, construir con otros, alternar roles, tomarme tiempo para cambiar los apoyos y valorar mis transiciones. Es justamente moviendo que puedo pensar(me), sea en el campo que sea, en presente continuo. 

 

NOTA

[1] Le Breton, D. (2010): “Cuerpo Sensible”. Ediciones Metales Pesados. Santiago de Chile. 

[2] Estés, C. P. (2005): “Mujeres que corren con los lobos”. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona, España.

[3] Bourdieu, P. (1990): “Algunas propiedades de los campos” en Sociología y cultura. Grijalbo: México.Bourdieu noción de campo

[4] “Los “Sentidos Oficiales Empresarios” constituyen un sistema de ideas en tanto matrizan el orden corporativo imperante. […] Fijan fronteras entre lo pensable y lo impensable”(Figari, 2011:25).

Figari, C (2011): “Procesos de formación, gestión por competencias y nuevas configuraciones profesionales”. En Figari, C., Spinosa, M. y Testa, Julio (Comp.): Trabajo y formación en debate. Saberes, itinerarios y trayectorias de profesionalización. Buenos Aires: Facultad de Ciencias Sociales, Ediciones Ciccus, CEIL PIETTE CONICET.

[5] Poder como “un conjunto de acciones sobre acciones posibles.(…) es una manera de actuar sobre uno o varios sujetos activos.” Foucault.

Foucault, M.  (1970): La arqueología del saber, México: Siglo XXI. 

__________ (1973): El orden del discurso, Barcelona: Tusquets.

__________ (1991): Microfísica del poder, Ed. de la Piqueta, Madrid.

__________ (2007). Nacimiento de la Biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979) .Buenos Aires: FCE. 

[6] Para Foucault el discurso es un acontecimiento que, como tal, conlleva determinados efectos de poder y es objeto de las luchas que por él se detentan. “Es preciso concebir el discurso como una serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es uniforme ni estable, […] sino como una multiplicidad de elementos discursivos que pueden actuar en estrategias diferentes […] según quien hable, su posición de poder , el contexto institucional en que se halle colocado” (Foucault, 1978:181)

[7] Lepecki (2016): Coreopolicía y coreopolítica o la tarea del bailarín: https://cultura.nexos.com.mx/coreopolicia-y-coreopolitica-o-la-tarea-del-bailarin/

[8] Marcet, X. (2018): “Esquivar la mediocridad”. Plataforma Editorial. Barcelona, España.

 

Ph. Collage de Beppe Conti (Pinterest)

 

 

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