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Jueves, 01 Noviembre 2012 19:59

La muerte y yo

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Tomar una hoja de papel y crear un cuadrado perfecto, luego manipularlo mediante varios  plegados, de esa forma se llega a un papel adivinador de la fortuna (una suerte de origami), dicho objeto, en boga en épocas escolares, se debe pintar de colores varios en el anverso y en su reverso escribir la suerte en cuestión.

El grupo la voraz irrumpe y se presentan parados como en una foto familiar. El duelo: muerte como eje atravesada por lo lúdico, el azar y el juego. Las tres palabras en un principio tienen un dejo de sinónimos, pero aunque compartan un patrón general, una genealogía, una relación de género y especie y puedan intercambiarse en un dialogo corriente sin perder la noción de lo que se está refiriendo, a la palabra “azar” la diferencio rápidamente de lo “lúdico” y del “juego” quizás más hermanas entre las hermanas palabras.

Hace unos años, leí un libro de Paul Auster, el Cuaderno Rojo, donde relata sencillas anécdotas que ponen en manifiesto la fuerza poderosa del azar, escalofriante cuando sucede, quizás la necesidad de que algo exista por nuestras cabezas, produzca esta suerte de superstición. Qué tiene que ver eso con la muerte, preguntaran? Todo. La muerte es todo, su correlato la vida cuelga de ella, tan solo saber la fecha de la muerte cambiaria todos los conceptos: No amaríamos de igual manera, no viviríamos de la misma forma.

En fin, se presentan y preguntan a una persona del público un número y un color (la obra comienza desde el inicio dialogando con los espectadores, que todo el tiempo, parte latente). Aquí el papel adivinador de la fortuna, devela los primeros azares premeditados; un perfomático anula un brazo (un pedazo de muerte), otro una pierna (otro pedazo de muerte) y luego Franco muere (muerte total) a medida que Franco va muriendo, ingresamos hacia el primer espacio, de un circuito compuesto por perfomáticos, escenas y público móviles. En este primer tramo hay un mix interesante; por un lado, algunas de las coreografías recuerda a “Los idiotas” de Lars von Trier, sobre todo cuando saltan con las manos hacia arriba como palitos, pero incluido en ese cuadro uno de los bailarines, comienza cantar una suerte de quejido muy intenso con la bailarina en sus brazos como congelada que la va descendiendo y el canto quejido queda como un balbuceo de olas, material fónico de la lengua.     

Seguimos cual turistas en museo, al segundo cuadro, una de las bailarinas nos invita a ver un cuarto completo de objetos, como ejercicio voy a intentar recordar que vi, sin repetir y sin respirar: casco amarillo de trabajador, vhs, tapa de un cd de björk, foto de egresados con el colectivo del rápido argentino detrás, sapo verde de peluche grande, mingitorio hecho maseta, cintas de películas, libro de Rulfo (el llano en llamas o pedro paramo o los dos en uno), cuadro de madonna (época ochenta), medallas colgadas del cuadro de madonna, banderín no recuerdo el equipo, no vale no lo sumo entonces, foto de tres amigas abrazadas, una con mucho flequillo. stop. once en total. No recordé muchos… Los objetos, aquellos elementos por los cuales revivimos los recuerdos, los recuerdos, cosas muertas que sin embargo respiran.

Tercer ambiente, juego de manchas de amputados (primeras muertes que cargan como dificultad los vivos), nuevamente participa el público, creando un borroso limite, como el que crea el mar cuando se retira o ingresa a la tierra, manteniéndonos alerta, atentos a la atmosfera creada. Este juego-danza, deriva en una fase final, un duelo de dos bandos, apoyado en una música y una estética; spaghetti western-killbilliana.  De la justa mueren todos, menos uno. Los que mueren son cuerpos olas arrastrados por la marea rolando como debe estar haciendo ahora y siempre el mar: todo el tiempo eso, y eso es lo más parecido a la eternidad que tenemos.  

Miro a mis pies y por distracción/ recorto mis uñas secas, no son mías ya.../ Te digo adiós para bromear -"que el señor te rebendiga-" La muerte y yo - Indio Solari

Pensaste en el día de la muerte,  de cómo estará todo, en la temperatura del día de tu propia muerte; la paz esté con nosotros/la paz esté con nosotros/la paz esté con nosotros/que con nosotros/siempre, este la paz. Como agua en una pava olvidada en el fuego, esta estrofa fue tomando cuerpo de canto popular con pogo incluido, la puerta se abrió y una luz incandescente invitó a los protagonistas a morir de una buena vez, para luego volver a la tierra a recibir los merecidos aplausos. 

Un texto para: El Duelo / Dirigida por: La Voraz

 

 

 

Pablo Gungolo

Poeta, nació en Bahía Blanca y en la actualidad reside en Capital Federal. En el 2011 publicó su primer libro “Polaroid” (Editorial La Parte Maldita). Generalmente escribe en floresyfobias.blogspot.com (Elongando). Su próximo libro se llamará “los restos”.

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